El vino empieza en la tierra, no en la bodega. Eso me lo enseñó el Bierzo. No hago vinos para impresionar. Hago vinos para compartir. Para sentarse en una mesa, abrir una botella y que surjan las conversaciones. Trabajo con respeto y con calma.
Sin más pretensión que embotellar un pedazo de paisaje y de vida. Porque el vino no necesita más cuando nace del corazón.
Garlochín significa eso: corazón. Y este vino está hecho con él.
Garlochín
Garlochín significa corazón. Así me llamaba mi padre de pequeño y así entiendo yo el vino: personal, sincero, hecho con cariño.
Soy Óscar Arrojo. Llegué al Bierzo desde Madrid por amor al vino, pero fue el Bierzo quien me descubrió a mí.
Aquí aprendí a entender la tierra a través de las cepas, a trabajar con las manos, a ensuciarme y disfrutar. Cada día sigo aprendiendo que el vino no se hace: se acompaña.